1r Bootcamp: una jornada para captar los retos que tenemos por delante
El primer Bootcamp de la Comunidad de Práctica SoReDI activó un espacio de trabajo colectivo con personas jóvenes para analizar críticamente cómo vivimos, sufrimos y podemos transformar los entornos digitales. Lejos de plantear la tecnología como herramienta neutral o como un problema individual de uso, la sesión permitió mirar el ecosistema digital como un conjunto de fuerzas sociales, económicas, tecnológicas, emocionales y culturales que configuran la vida cotidiana. A partir de dinámicas participativas, análisis de turbulencias, trabajo con la metáfora del iceberg y escenas dramatizadas, los grupos empezaron a formular retos sociotécnicos que servirán de base para el desarrollo posterior de Modelos de Innovación Participativa Sociotécnicos.

El trabajo se organizó en torno a tres grandes retos: la soledad conectada, el diseño de la atención y la autonomía personal, y las nuevas comunidades digitales. En ambos casos, el proceso permitió pasar de una primera lectura más intuitiva o personal de los problemas a una comprensión más estructural. Las experiencias de soledad, distracción, ansiedad, presión social o desinformación dejaron de aparecer como fallas individuales para entenderse como consecuencias de entornos digitales diseñados para retener, comparar, acelerar y monetizar la atención.
En el reto de la soledad conectada, los grupos identificaron una paradoja central: estar hiperconectados no siempre implica sentirse acompañados. La soledad fue entendida como un fenómeno estructural vinculado a la pérdida de relaciones presenciales, la presión por encajar, la comparación constante, la manipulación de imágenes y la influencia de actores económicos y políticos sobre el entorno digital. El trabajo con el iceberg permitió conectar síntomas cotidianos, como pasar una tarde solo con el móvil, con patrones más profundos de consumismo, homogeneización y economía de la atención. La escena dramatizada hizo visible que la soledad no siempre nace de la carencia de oportunidades para conectar, sino de microdecisiones condicionadas por un entorno que hace más fácil consumir contenido que sostener vínculos reales.

El segundo reto, centrado en el diseño de la atención y la autonomía personal, profundizó en que la dificultad para concentrarse no es sólo una cuestión de disciplina. Los grupos analizaron cómo el scroll infinito, las notificaciones, los vídeos cortos, el ragebait, la presión para responder y la sobrecarga de información fragmentan el tiempo, el descanso y la capacidad de estudio. La atención apareció como un recurso en disputa, atravesado por modelos de negocio que convierten el tiempo en valor económico. Las escenas dramatizadas mostraron a jóvenes intentando estudiar mientras el móvil, las notificaciones y la sensación de no estar al día compiten con su concentración. De ahí emergió una intuición importante: proteger la atención no puede depender sólo de la fuerza de voluntad individual, sino que requiere entornos, normas y soportes colectivos.

El tercer reto, sobre nuevas comunidades digitales, abrió una mirada más política sobre la vida online. Los grupos cuestionaron quién decide qué vemos, qué intereses organizan las plataformas y por qué muchas comunidades digitales reproducen sesgos, discursos de odio, presión social o formas superficiales de pertenencia. El reto se reformuló desde una crítica al “mal contenido” hacia una pregunta más profunda sobre infraestructura comunitaria: ¿qué condiciones son necesarias para que una comunidad digital genere criterio, ayuda, confianza y encuentro real? El escenario imaginado apuntaba hacia plataformas menos sesgadas, con bases verificadas, diversidad de formatos, pensamiento crítico y comunidades libres de odio. La dramatización de Maxine, una joven que ve planes e intereses desde su habitación pero no logra participar, sintetizó una tensión clave: el digital muestra posibilidades de comunidad, pero a menudo no ofrece los puentes necesarios para formar parte de ella.
Una de las aportaciones más relevantes del Bootcamp fue la combinación entre análisis sistémico y expresión corporal. Las herramientas de trabajo no permanecieron en la conversación abstracta: las turbulencias ayudaron a identificar fuerzas externas; el iceberg permitió profundizar en patrones, causas e ideas normalizadas; y el microteatro convirtió estos diagnósticos en situaciones concretas, con conflictos, resistencias y puntos de intervención. Esta transición del post-it a la escena posibilitó ver dónde se bloquean las decisiones, qué normas invisibles actúan y en qué momento podría aparecer una alternativa. El teatro no funcionó como representación final, sino como herramienta de investigación viva.

En su conjunto, el primer Bootcamp demostró una madurez metodológica notable. Los escenarios alternativos todavía no son prototipos cerrados, pero ésta no era la finalidad de la sesión. El principal valor del proceso fue construir una comprensión compartida, profunda y situada de los retos digitales que atraviesan la vida juvenil. La Comunidad de Práctica SoReDI sale de este primer momento con tres campos de trabajo claros, dilemas bien formulados y una base sólida para seguir avanzando: cómo reducir la soledad sin imponer desconexión, cómo proteger la atención sin culpabilizar a las personas jóvenes, y cómo imaginar comunidades digitales que no se basen en la captura, el sesgo o la visibilidad, sino en la cura, el criterio y la pertenencia real.
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